Nací en Bilbao, una ciudad
industrial del País Vasco, gris y lluviosa, por aquel entonces.
Allí terminé mi bachillerato y empecé mis estudios
universitarios, que se vieron truncados por el traslado familiar
a Madrid. A los veinte años me encontré con una gran
ciudad acogedora, llena de vitalidad, de gentes venidas de todas
partes, de sol, de dinamismo: desde el primer día me sentí
como en mi casa y desde entonces vivo en Madrid. Terminé
la carrera de Filología Hispánica en la Universidad
Autónoma de esta ciudad y al cabo de poco tiempo empecé
a dar clases de Lengua y Literatura en un colegio de las afueras.
Doce años permanecí entre adolescentes intentando
transmitirles el gusanillo de la lectura y el gusto por el español.
El intenso trabajo escolar, los desplazamientos y mi nuevo papel
de madre –en ese tiempo me casé y tuve dos hijos me
hicieron tomar la decisión de hacer una parada en mi vida
profesional. Resuelta a dar un giro, dediqué cuatro años
a realizar los cursos de doctorado en la Universidad Complutense
y el Máster de Español como Lengua Extranjera en la
universidad Antonio de Nebrija, lugar al que me incorporé
como profesora al año siguiente de terminar el máster,
de esto hace ya siete años. La idea de conocer a personas
de otras culturas, de transmitirles nuestra lengua y nuestra cultura
me atrajo desde el primer momento. Disfruto aprendiendo del pequeño
mundo que transmite cada estudiante y procuro ayudarle a integrarse
en la cultura que los acoge. Actualmente compagino las clases a
extranjeros con los cursos de formación de profesores de
español, tanto españoles como extranjeros: daneses,
suecos, chinos, brasileños, en la Universidad Complutense
de Madrid y en la Universidad Antonio de Nebrija, respectivamente.
Mi profesión se ha visto enriquecida con el proyecto editorial
que nos ofreció Anaya a mí y a mis compañeras,
y al que he dedicado nueve meses –ha sido como un nuevo hijo
, y en el que he intentado volcar todo lo que he aprendido. |